Abelocaín estrenó Santiago No Espera, su primer disco y el inicio de una nueva etapa para la banda. Un álbum construido desde la experiencia de vivir en el Chile actual: la velocidad de Santiago, las tensiones sociales, la política, las relaciones humanas y una generación acostumbrada a experimentar el mundo a través de una pantalla.
Con influencias del rock y el pop de guitarras, el grupo busca instalar una idea sencilla: volver a hacer canciones chilenas que puedan formar parte de la vida cotidiana. “Queremos hacer música popular en el sentido más literal de la palabra. Si nuestras canciones suenan en la micro, en el metro, caminando o yendo a comprar el pan, objetivo cumplido”.
Para Abelocaín, esa búsqueda implica también preguntarse por el país en el que esas canciones están siendo escritas.
Una generación que dejó de alzar la voz
Santiago No Espera nace después de dos acontecimientos que marcaron profundamente a su generación: el estallido social y la pandemia. Entre ambos fenómenos, la banda identifica una transformación que atraviesa buena parte del disco.
La contradicción aparece permanentemente en las canciones. Una generación capaz de pasar en segundos desde el humor hasta la tragedia y continuar haciendo scroll. “Podemos pasar de un reel de Felipe Avello a una imagen de la guerra en Palestina mientras paseamos al perro.Vivimos en constante contradicción y lo asumimos con total normalidad”. Desde esa misma mirada Abelocaín plantea una de las declaraciones más duras que acompañan el lanzamiento del álbum: la preocupación por el lugar que está ocupando actualmente la cultura.
“Nos quieren llevar otra vez a un apagón cultural. Los gobernantes quieren convencernos de que la cultura no importa. Solo esperamos que esta vez los libros no terminen en el fuego”.
La referencia no busca presentar a la música como una solución política, sino reivindicar la posibilidad del arte de incomodar, cuestionar y abrir conversaciones. “El rock sigue siendo una respuesta para los gobernantes que quieren apagar el arte. Cuando el rock funciona de verdad, hace ruido, y quizás por eso nunca ha sido demasiado útil para el poder”.
